Para Aristóteles (s. iv a. C.), todas y cada una de las partes que com ponen el cuerpo humano han sido colocadas deliberadamente allí para llevar a cabo una función específica. Y la función está determinada por aspectos como la forma, el tamaño, la posición o la temperatura. El corazón, por ejemplo, es el órgano más importante. Primero, porque es aquí –y no en el cerebro– donde reside la razón. Pero es que el corazón, además, es la fuente de calor del organismo, y este calor es el que permite transformar los alimentos en sangre. Desde nuestra perspectiva actual, es evidente que la teoría del filósofo griego está plagada de errores, pero lo cierto es que se mantuvo, con algunas variaciones, durante siglos. No fue hasta 1628, con la aparición de la obra Exercitatio Anatomica Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus (Ejercitación anatómica sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales), cuando conocimos la función exacta de este órgano. Su autor, el médico inglés William Harvey, ha pasado a la historia por ser el primero en describir correctamente la circulación y las propiedades de la sangre al ser distribuida por todo el cuerpo a través del bombeo del corazón.
Publicado en la revista Historia y Vida en julio de 2017
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