Hay sitios en el planeta en que la población carece de acceso a la sanidad y tiene que atravesar a pie kilómetros y kilómetros de zonas áridas para dar con un médico. Niños repudiados tras quedar mutilados por culpa de las minas antipersona. Padres de familia que dejan sin sustento a los suyos cuando mueren de unas simples hemorroides. No hay duda de que la salud mundial ha mejorado, pero la brecha entre ricos y pobres, en este ámbito, se mantiene o incluso se incrementa.
Esta y otra razones mueven a estos profesionales de la medicina a acudir en grupos reducidos a zonas remotas, a veces arriesgando su integridad física, y pasan dos, tres semanas sin apenas salir del quirófano. También aportan medicinas y material quirúrgico. O construyen nuevos pabellones en hospitales. Y enseñan nuevas técnicas a los médicos locales. Viven experiencias muy duras: como la de jugar a dioses decidiendo quién muere y quién sobrevive… 

Publicado en la revista Grazia en junio de 2013

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