Un día de otoño de 1816, el médico francés René Laënnec se encontró en una situación realmente comprometida. A su consulta llegó una joven obesa con palpitaciones, síntoma de una posible cardiopatía. El procedimiento habitual hubiera sido auscultarla, si no fuera porque la acumulación de grasa bajo la piel no permitiría escuchar los sonidos. Pero es que en la época, además, se consideraba indecoroso pegar el oído al pecho de una paciente femenina, y mucho más si esta era joven. 

Cuentan que el doctor, que no sabía cómo salir del apuro, recordó un día en el que vio a unos niños jugar con la rama de un árbol. Mientras uno raspaba un extremo, el otro escuchaba el sonido amplificado con la oreja apoyada en el extremo opuesto. Este conocido fenómeno acústico fue el que le inspiró una ingeniosa solución.

Este invento rudimentario fue el origen del estetoscopio (del griego stéthos, pecho, y skopeîn, observar), también llamado fonendoscopio (de los prefijos griegos fono, sonido, y endo, dentro), usado para la auscultación de los sonidos internos del cuerpo. Muy pocos instrumentos de diseño tan sencillo han aportado tanto al diagnóstico médico como este. Por eso, dos siglos más tarde, doctores de todo el mundo siguen llevándolo colgado del cuello. 

Publicado en la revista Historia y Vida en mayo de 2019

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