Los niños de ahora no se lo creerían, pero hubo un tiempo, y no muy lejano, en el que las fotos no se hacían con un móvil. La cámara era uno de los regalos más preciados de la infancia y la adolescencia. Te ibas al zoo o de excursión a la montaña con el cole y sus padres te daban un carrete de 12 -el de 24 o 36 era ya tener mucha potra- para que inmortalizaras el momentos. Te lo tenías que pensar mucho antes de darle al disparador¡. Vamos, que selfis, pocos, ¡menudo desperdicio! Luego enganchabas los recuerdos de papel meticulosamente en un álbum, y de ahí a la estantería. Ahora, en cambio, las almacenamos en el disco duro del ordenador, y en algunos casos, ni siquiera salen del WhatsApp.

Los niños del ‘baby boom’ y los miembros de la llamada generación X conocen bien esta historia. A ellos, sobre todo, va dirigida la industria de la nostalgia, que es la que se dedica de manera sistemática a producir recuerdos, según nos cuenta el filósofo Manuel Cruz.

Publicado en la revista Muy Interesante en octubre de 2016

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