Alamogordo, desierto de Nuevo México, madrugada del lunes, 16 de julio de 1945. Llueve. Más de 400 técnicos y científicos extienden cuidadosamente cremas solares sobre sus cuerpos para protegerse de las quemaduras que pudieran ocasionar los destellos, aunque son conscientes de que, si la exposición a la radiactividad fuera demasiado elevada, morirían de todos modos. Sigue lloviendo. Los expertos ocupan sus posiciones finales: unos, encerrados en un búnker, a 9 kilómetros de distancia; otros, en el campamento base, mucho más alejados. Y justo en el centro de la Zona Cero, en la extensión de terreno conocida como la Jornada del Muerto, la primera bomba atómica del mundo se alza sobre una torre de acero de 30 metros de altura a la espera de ser detonada.
Publicado en la revista Conocer la ciencia en octubre de 2006
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