Eran los últimos días de noviembre de 1546. En una de las orillas del curso principal del Amazonas, bajo un árbol cualquiera, una veintena de hombres recitaban oraciones mientras una joven lloraba desconsolada ante la tumba de su marido. Había muerto, exhausto y agonizante, el trujillano Francisco de Orellana, con la gloria de haber sido el primero en descender en su totalidad por el río más largo y caudaloso del planeta. Pero sin haber llegado a culminar su ambicioso proyecto de conquista.

Publicado en la revista Historia y Vida en marzo de 2011
Puedes leer el reportaje aquí

Compartir:
Tweet
Share

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.