Lo suyo era obsesión. Las horas pasaban rápido en el laboratorio parisino del doctor Claude Bernard cuando de lo que se trataba era de desentrañar misterios del organismo humano. Gracias a su dominio de las técnicas de vivisección (disección de un animal vivo), comprendió desde el funcionamiento del páncreas hasta el efecto nocivo de la nicotina y el uranio. Uno de sus estudios más relevantes fue el que le llevó a demostrar que la digestión no se produce solo en el estómago, sino también en el intestino. Para ello, observó cómo los perros digerían y absorbían los alimentos que él mismo se había encargado de introducir en su intestino mediante fístulas.
Bernard ha pasado a la historia como el fundador de la medicina experimental, pero el uso de animales para conocer el funcionamiento de la propia vida y prevenir o curar enfermedades se remonta a los albores de la humanidad.
Publicado en la revista Historia y Vida en julio de 2011
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