César es un triunfador. Joven, guapo, rico, seguro de sí mismo y siempre rodeado de mujeres. El día que se enamora de Sofía sufre un accidente de coche provocado por una de sus antiguas amantes. Sobrevive, pero con el rostro desfigurado. La cirugía que le practican resulta un éxito, aunque no le devuelve su autoestima. Decide ocultarse tras una máscara especialmente diseñada para él. Alejandro Amenábar aborda así, en Abre
los ojos (1997), la superficialidad de una sociedad que equipara la identidad con la apariencia física.

Claramente, el aspecto nos importa más de lo que nos gustaría admitir. Nos lo inculcan ya en los cuentos de infancia, en los que la bruja es vieja y fea y el príncipe o la princesa, jóvenes y bellos. Y lo arrastramos al crecer en el campo personal y el laboral. ¿Cómo se explica que los candidatos más atractivos consigan trabajo con mayor frecuencia que otros quizá más competentes pero físicamente menos agraciados?

Publicado en la revista Historia y Vida en noviembre de 2011

Puedes leer el reportaje aquí

Compartir:
Tweet
Share

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.