Cuenta la leyenda que uno de los secretos de la belleza de Cleopatra eran los baños de leche de burra. El cine, sobre todo, nos ha hecho creer que, en el Antiguo Egipto, los monarcas vivían rodeados de lujos y excentricidades. En realidad, las condiciones de vida de la población general, incluidas las clases altas, eran muy precarias. De hecho, la mayoría morían, con suerte, antes de cumplir los 30, en buena medida porque pasaban largas temporadas sin probar bocado.
Lo sabemos porque la malnutrición deja rastro en los huesos largos como el fémur o la tibia en forma de estrías. Son las líneas de Harris, llamadas así en honor a Henry Albert Harris, profesor de anatomía en Cambridge, que las describió por primera vez en 1926 y que ahora conocemos como líneas de crecimiento. Indican que ha habido un desequilibrio entre las demandas y los recursos, y esa es la definición de estrés. En definitiva, ya les hubiera gustado a los egipcios tener leche de burra, o de cualquier otro animal, a tutiplén.
El estrés, por tanto, es tan antiguo como el propio hombre, y consiste en un proceso natural de adaptación al medio que compartimos también con animales y plantas. En efecto, las plantas se enfrentan a un amplio abanico de agentes estresantes durante su ciclo de vida, desde la lluvia hasta el exceso de luz, el ataque de insectos o la presencia de contaminantes. Deben activar mecanismos de adaptación o sufrir las consecuencias de un entorno perjudicial.
Publicado en la revista Muy Interesante en marzo de 2021
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