Ocurrió una tarde de verano de 1848, durante las labores de construcción de una nueva línea de ferrocarril en el esta­ do norteamericano de Ver­mont. Para allanar el terreno, los barrene­ ros introducían pólvora en el fondo de un agujero perforado en la roca, colocaban el detonante, añadían arena para taponar­ lo y aplastaban la mezcla con una barra de hierro. En una de estas operaciones, al capataz, Phineas Gage, se le olvida poner la arena, de tal manera que, al explotar la pólvora, la barra sale disparada y le atra­viesa la cabeza de abajo arriba. 

Para sorpresa de todos, el joven de 25 años no solo no muere en el acto, sino que además se recuperará de forma milagrosa, aunque sufrirá un cambio de personalidad radical. “Gage ya no fue Gage”, en palabras de su médico. Tal es su carácter que le acaban echando de todos los trabajos por fal­ta de disciplina. Los ataques de epilepsia, secuela de la herida, se hacen cada vez más frecuentes hasta su muerte, en 1860. 

La “lobotomía” accidental de Gage ha pa­ sado a la historia de la neurología como el primer caso que documenta los efectos causados por una lesión en los lóbulos frontales del cerebro, que es la parte que se interviene en las lobotomías quirúrgicas. 

Publicado en la revista Historia y Vida en noviembre de 2018

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