Hasta hace no tanto, nos parecía que solo podía pasar en las películas de ciencia ficción, fruto de la mente imaginativa de un guionista. Pero lo cierto es que poner el dedo sobre un lector de huellas dactilares como forma de identificación se ha convertido en un gesto tan cotidiano que lo utilizamos hasta para fichar en la oficina o desbloquear el smartphone. Incluso se está estudiando para la identificación de pacientes en hospitales y como método de pago en tiendas y hoteles, por ejemplo. Esas peculiares marcas en las yemas de nuestros dedos (al igual que en las palmas de las manos y en las plantas de los pies) son como el “código de barras” con el que la naturaleza nos distingue. Porque no hay dos iguales. De ahí que la dactiloscopia (palabra que deriva de los vocablos griegos daktylos, dedos, y skopein, examen o estudio) sea uno de los procedimientos más fiables para la identificación del ser humano, algo indispensable en determinados ámbitos de nuestra vida, especialmente en la esfera criminológica.
Publicado en la revista Historia y Vida en septiembre de 2018
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