Un hombre jorobado, ambicioso, cruel y corrupto que no duda en asesinar a todo aquel que se interponga en su camino con tal de garantizarse el trono. Así retrata Shakespeare a Ricardo III de Inglaterra en la tragedia titulada con el nombre del monarca. El argumento de la obra se sitúa en el último acto de la guerra de las Dos Rosas, el conflicto que, durante tres decenios, enfrentó a los miembros y partidarios de la casa de Lancaster contra los de la de York. En la batalla final, librada en Bosworth en 1485, Ricardo fue derrotado. Shakespeare recrea la escena con el rey implorando: “¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. La muerte del último monarca de los York supuso la toma de posesión definitiva de la dinastía Tudor, continuadora de la de Lancaster. 

La figura de un Ricardo III villano trascendería gracias a la pluma de Shakespeare. Puede que el dramaturgo exagerara los atributos negativos del soberano para justificar el mandato de los Tudor –de quienes él era partidario–, además de para sumar dosis de entretenimiento a su obra. Hoy sabemos que Ricardo III no fue ese “sapo repugnante” y “deforme” que presentó el Bardo gracias a la arqueología y a las técnicas científicas con las que se han estudiado sus restos. Desde el hallazgo de estos en Leicester, en el verano de 2012, no han cesado de revelarse datos sobre la vida y la muerte del fugaz soberano: reinó poco más de dos años, del 26 de junio de 1483 al 22 de agosto de 1485. 

Publicado en la revista Historia y Vida en febrero de 2015

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