La mañana del 26 de diciembre de 2004, los habitantes de Sumatra, la mayor isla de Indonesia, despertaron con un terremoto bajo sus pies. La tierra tembló con tanta fuerza (9,3 grados en la escala de Richter) que provocó un tsunami devastador. La ola gigantesca arrasó las costas de la mayoría de países que asoman al Índico, dejando un balance de 230.000 víctimas, entre muertos y desaparecidos, según Naciones Unidas. Los impactos físicos del terremoto también se dejaron sentir, pues modificaron la geografía de los entornos afectados, aseguran los geólogos. Es prácticamente imperceptible, pero la placa tectónica indoaustraliana que bordea la isla avanza cada año unos centímetros hacia el norte desde que colisionó millones de años atrás con la euroasiática. Cuando la tensión acumulada entre ambas placas es demasiado fuerte, la energía se libera incontroladamente en forma de seísmos como el de aquellas Navidades de 2004.
Si conocemos estos datos es, en buena medida, gracias a las aportaciones del astrónomo, meteorólogo y geofísico alemán Alfred Wegener, el primero en elaborar una explicación coherente sobre el desplazamiento de los continentes, hace justo cien años. Inicialmente, sus tesis suscitaron una fuerte polémica entre la comunidad científica. Años más tarde alentarían toda una serie de estudios que culminaron en la moderna teoría de la tectónica de placas, formulada en la década de los sesenta.
Publicado en la revista Historia y Vida en diciembre de 2012
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